Archivos para 31 marzo 2009

Atrincherado

Llevo dos días encerrado en mi casa a cal y canto. Tengo tanto miedo de salir, y encontrarme con algún infectado degenerado en fase valle, o soldados con ganas de pegar tiros, que no hago prácticamente ningún ruido, por si me pudiera oír algún vecino, si es que vive alguno. Por lo que dijeron los entendidos en la pandemia global los afectados tenían sólo 5 días de esperanza de vida. Eso quiere decir que si aguanto encerrado un par de semanas todo habrá acabado, o al menos algo arreglará los que se supone que tienen que hacerlo. No se si aguantaré tanto tiempo porque si bien tengo mucha comida almacenada hoy la electricidad ha empezado a fallar. De momento hay, pero entre corte y corte pasa cada vez más tiempo y temo que un día de estos volvamos a estar en la edad de piedra. Sin electricidad esto se va a poner muy mal porque la comida de la nevera se va a estropear pronto. Al menos el agua corriente sigue saliendo con normalidad. Así que esta noche me voy a meter las dos pizzas que compré. Es mucho, pero al menos hoy comeré en abundancia. Intentaré comer primero lo que se pueda estropear fuera de la nevera y dejaré las conservas para el final. Lo malo es que no tengo muchas de estas últimas. Apenas dos latas de atún y una de mejillones. Ni siquiera una mísera fabada Litoral.

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Estado de sitio

Sólo un canal de televisión emite, RTVE 1, y lo único que sale son mensajes de texto avisando a la población sobre el estado de sitio y lo que significa. Básicamente que los derechos constitucionales se los pasan por el orto y quien se niegue a colaborar recibirá una visita de los chicos de camuflaje. Ya no se dice nada de bajas, de cómo está la cosa y sobre nada. ¿Sería porque ya no había nadie trabajando en la tele?, ¿estarían todos contagiados?.

Esta desinformación, y la preocupante falta de patrullas de militares o policías hicieron que, al cabo de unas pocas horas, se desatara el pánico.

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Fase terminal

El estridente sonido de la sirena de una ambulancia me despertó sobresaltado a las cinco de la mañana. Me levanté porque a través de la persiana se colaban los destellos anaranjados y parpadeantes de las luces de emergencia. Al salir al balconcillo vi como efectivamente varios sanitarios del SUMMA 112 sacaban del portal de enfrente a un hombre de mediana edad. No le di más importancia y me acosté.

Por la mañana me levanté muy tarde, sobre las doce. Y tras desperezarme me fui  primero a comer algo. Ni siquiera me lavé la cara. Mientras me comía una tostada con mermelada de fresa y mantequilla me di cuenta que en el patio de vecinos no se oía nada. Sólo el ladrido esporádico de un perro y varias toses que venían del cuarto piso. Pero era raro que un domingo por la mañana no hubiera el jaleo típico de las cocinas oliendo a comida, niños alborotando o música flamenca a todo volumen.

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Fase valle

A pesar de ser sábado me levanté pronto, sobre las ocho de la mañana, y encendí la televisión. Y el panorama había cambiado radicalmente. Al parecer, aunque había mucha gente que empezaba con la súpergripe, como ya la habían bautizado los medios de comunicación, los que ya la tenían estaban empezando a recuperarse. En todos los canales los reporteros preguntaban a convalecientes que explicaban que se sentían mucho mejor y que creían que al día siguiente iban a estar ya en plena forma. En los atestados hospitales, donde se había acudido en masa, estaban dando altas a diestro y siniestro, más que nada porque todavía había gente que empezaba a enfermar.

Ya no había colas en la farmacia de mi barrio y la gente, a pesar de que muchos todavía estornudaban, empezó de nuevo con sus rutinas diarias, comentando siempre entre ellos que lo peor había pasado y que ya no había que preocuparse.

Esa vuelta a la normalidad pude comprobarla cuando bajé al Día a hacer la compra semanal, como todos los sábados por la mañana. Me puse el chándal, como hace la mayoría de la gente cuando iba a comprar, y al salir a la calle noté el calor del sol en mi cara, lo que me dio bastantes ánimos. En el supermercado me dejé llevar por mi optimista estado anímico y me pasé un poco en el gasto. Sobre todo por esos pequeños lujos como carnes y postres chocolatados que normalmente no se compran. Hasta me animé a llevarme un par de pizzas a pesar que siempre he renegado de ellas por considerarlas demasiado grasientas. Pero ese día no me importaba ponerme como un cerdo. Hoy era un magnifico día.

Fase dos

¿Se habría pasado ya la gripe?. Esta mañana antes de la ducha puse un momento la televisión por si decían algo al respecto. Mi sorpresa es que en todas las cadenas era de lo único que se hablaba. ¿Tan grave era?.

Al parecer el Gobierno había dado la alerta por epidemia gripal y había dado instrucciones a las diferentes comunidades autónomas para que siguieran el protocolo sanitario para estos casos. Pero se aseguraba que estaba totalmente descartada una pandemia y que la gente no se automedicara, que acudieran antes a sus centros de salud.

En todas las cadenas ponían el típico reportaje recordando las diferentes epidemias de gripe y otras enfermedades infecciosas a lo largo de la historia.

Subí la persiana del salón, desde donde podía ver la calle principal de mi barrio, y donde sorprendido descubrí una larga cola de gente esperando en la puerta de la farmacia, que todavía no había abierto. Lo de siempre, pensé, basta que digan en la tele que no se preocupen y ya sale todo el mundo a cargarse de aspirinas y pastillas.

Esa mañana, en el autobús, puse ir sentado por primera vez en mucho tiempo. Se notaba que las bajas por enfermedad empezaban a ser considerables. Y en la oficina se estaba empezando a pensar en cerrar hasta nuevo aviso, porque la gente que faltaba era ya más numerosa que la que estábamos allí. Y los que quedaban no tenían visos de venir al siguiente día.

Por la noche me acosté pronto, por temor a enfermar sino dormía bien, así que me tomé otro frenadol y un vaso de leche caliente y me dormí profundamente al poco rato.

Fase uno

Ayer fue un día muy raro. Por todas partes había gente con mala cara, estornudando y tosiendo la mayoría de ellos. A pesar del aumento en las últimas semanas de los niveles de polen, sobre todo de ciprés y plátano, no era normal aquello.

En la oficina más de lo mismo y todo el mundo haciendo los mismos comentarios, que si es una epidemia de gripe que está coleando fuerte después del invierno, que si es un repunte exagerado de polen, a pesar que en la web de la Comunidad de Madrid no indicaba nada anormal en los índices de polen que publicaban a diario. Otros decían que la contaminación de Madrid, normalmente alta, estaba ese día por las nubes. Que suerte tienes, Miguel, me decían, tu no están con el kleenex todo el día. Y la verdad es que tenían razón, a parte de mi bajo estado de ánimo, algo por otra parte normal en mí, ese día no tenía ninguna molestia, ni siquiera me picaba la nariz lo más mínimo. Seguir leyendo…

El principio del fin

A lo largo de la historia la especie humana se ha enfrentado, en multitud de ocasiones, con pandemias que acabaron con gran parte de las poblaciones donde estas tuvieron una mayor expansión. Y ha habido muchas, desde las ya remotas en el tiempo como la que asoló Atenas en el 430 antes de Cristo, pasando por la famosa y terrible peste negra de la Edad Media que acabó con una cuarta parte de la población europea, hasta las más modernas como la llamada “gripe española” de 1918 que mató, en menos de seis meses, a 25 millones de personas en todo el mundo.

Pero ninguna de esas pandemias, ni siquiera en sus momentos más virulentos, logró amenazar con acabar de una manera definitiva con toda la especie humana. Los humanos, al igual que las ratas y las cucarachas, parecía que podían sobrevivir a cualquier desastre aunque estos se llevaran por delante a millones y millones de personas. Siempre hubo alertas y avisos de nuevas pandemias que podrían propagarse y acabar, o al menos diezmar, poblaciones o asentamientos en cualquier lugar del mundo, preferentemente países del Sur este de Asia o cerca de los trópicos.

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