La bruma espesa de aquella mañana dio un aspecto fantasmagórico a la habitual vista abarrotada buques en la bahía. Sólo podían verse con claridad los más grandes y cercanos, más allá todo era un mar blanco donde sobresalía alguna chimenea o antena. No era, por tanto, la mejor de las condiciones para acercarse a examinar un buque. Mi pesimismo, con más razón, me seguía martilleando que aquello no era una buena idea.
Sara, por el contrario, estaba aparentemente relajada, quizás un poco impaciente, y no paraba de mirar al lugar por donde se suponía vendría Juan y sus chicos vestidos de blanco marinero. Seguir leyendo…
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