Archivos para 23 marzo 2010

[Aclaraciones tras el final de la historia. Ojo, no leer hasta que terminéis]

Bueno chicos, digo lo de chicos porque nunca ha comentado ninguna chica, pues colorín colorado esto se ha acabado.

[¡ATENCIÓN, NO SIGAS LEYENDO HASTA QUE NO ACABES LA HISTORIA PORQUE ESTA ENTRADA CONTIENE  SPOILER!  ¡ LEER ANTES LA ENTRADA ANTERIOR CON EL FINAL!]

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En el horizonte

Nos levantamos con el sonido de la sirena del buque. Aquel enorme bramido que escuchamos en Cádiz y que ahora, a bordo del mismo, sonaba como si un elefante se hubiera metido en nuestra cama.

— Joder, ¿esta gente se despierta así siempre? —pregunté malhumorado, mirando la hora. Eran cerca de las siete de la mañana. Seguir leyendo…

A bordo (2)

Nos pusimos algo cómodo, aunque más confortable que nuestra ropa de campaña no había. Supusimos que Juan se refería a algo más presentable. Porque teníamos pinta de supervivientes recién llegados de la selva.

Tampoco teníamos mucho más en nuestras mochilas, así que unos vaqueros, camisetas y jerséis ligeros, y unas zapatillas fue lo más cómodo que pudimos sacar.

Estábamos algo nerviosos. Después de tanto tiempo alternando con poca gente, incluso con nadie, veíamos aquella presentación en sociedad como algo que nos desbordaba. Seguir leyendo…

A bordo

La bruma espesa de aquella mañana dio un aspecto fantasmagórico a la habitual vista abarrotada buques en la bahía. Sólo podían verse con claridad los más grandes y cercanos, más allá todo era un mar blanco donde sobresalía alguna chimenea o antena. No era, por tanto, la mejor de las condiciones para acercarse a examinar un buque. Mi pesimismo, con más razón, me seguía martilleando que aquello no era una buena idea.

Sara, por el contrario, estaba aparentemente relajada, quizás un poco impaciente, y no paraba de mirar al lugar por donde se suponía vendría Juan y sus chicos vestidos de blanco marinero. Seguir leyendo…

Esperanza

Juan empezó a hablar como si estuviera recitando de memoria una historia contada ya muchas veces. Pero al menos Sara y yo pudimos meternos un poco en la conversación y hacer alguna que otra pregunta.

— Debéis saber—  empezó a contar Juan— , que el Esperanza en realidad se llamaba Queen Mary 2, y era el mayor trasatlántico del mundo. Creo que en tiempos de la pandemia sólo había uno más grande y todavía lo estaban construyendo.  En fin, en aquellos primeros días de la supergripe el Queen Mary 2 estaba anclado en su base de Southampton, al sur de Inglaterra. Allí estaba preparado para iniciar uno de sus acostumbrados cruceros. El buque además de ser el más grande era el más lujoso así que os podéis imaginar lo que tenía dentro. Seguir leyendo…

Toma de contacto

Cuando los primeros rayos del sol empezaban a vislumbrarse en el horizonte nos metimos en el coche, con todas nuestras cosas que teníamos ya preparadas, y nos dirigimos a Cádiz. Estábamos resueltos a investigar si las luces que vimos la noche anterior eran de un buque, y si tal y como creíamos se había dirigido a la capital gaditana.

Si nuestras sospechas eran fundadas el buque en cuestión habría llegado ya allí o estaría a punto de hacerlo. Si no fuimos durante la madrugada era por la inseguridad que suponía el viaje en completa oscuridad, en unas carreteras tan concurridas de vehículos y cuerpos desperdigados por doquier. Además, no nos hacía gracia afrontar lo que nos deparase el destino, con aquella incógnita, si no era a plena luz del día. Daba más fortaleza mental. Seguir leyendo…

Luces en la oscuridad

Siguiendo la antigua costumbre de Sandra, todos los días nos acercábamos a Cádiz, bien por la mañana o a primera hora de la tarde y siempre regresando antes del atardecer. Huíamos de la noche no porque tuviéramos temor a posibles emboscadas o a perdernos por el camino sino por un simple miedo primario. Miedo a encontrarnos en Cádiz con la noche y tener que buscar un lugar donde pasarla entre tanta barbarie y desolación. Allí, como en ningún otro lugar que habíamos visitado anteriormente, era más presente la muerte a causa de los miles y miles de cuerpos sin vida, amontonados y esparcidos por doquier en cualquier punto de la ciudad. Seguir leyendo…

Dudas, dudas, dudas, …

No hay nada peor que tener tiempo libre y ponerse a pensar. Supongo que en la vida anterior, bajo la Ley de la Civilización, cuando nuestro tiempo lo llenábamos de trabajo, televisión, internet, ocio de entretenimiento, fútbol, compras y tantas y tantas cosas superfluas no nos parábamos a pensar ni un momento en qué narices estábamos haciendo en el mundo. No de una manera filosofal sino de una manera práctica. ¿De verdad todo aquello era lo que nosotros realmente considerábamos indispensable para poder vivir, o aspirábamos a tener, para sentirnos plenos? Seguir leyendo…

Sin remedio

Pasaron los días. Nos habituamos rápidamente a la rutina porque el lugar era muy placentero y tranquilo. Por las mañanas solíamos acercarnos a la ciudad de Cádiz, siempre mirando hacia poniente con la esperanza de que por allí viniese algún buque. Pero siempre veíamos las mismas dantescas imágenes de siempre. Aquel horror permanecería así durante mucho tiempo.

Por las tardes tocaba búsqueda de provisiones. Agua, alimentos de todo tipo y medicinas. Seguir leyendo…

La casa de la playa

— Vamos a suponer que es verdad—dije durante el desayuno en la amplia cocina de la casa de Sandra—, para así poder ver las cosas de una manera más definida.

— Creo que si nos ponemos en el supuesto de que algún día vendrá algún buque de rescate, proveniente de un santuario, tendríamos que comunicarles a la gente que se quedó en Santiago de la Rivera y a Ana y Alberto, que se fueron a Guadalajara, estas novedades para que ellos también puedan elegir— dijo Sara con gesto grave.

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Abriendo el corazón

Después de aquel relato hubo unos instantes de silencio, momentos necesarios para poder asimilar lo que acabábamos de escuchar. Sara me miró sin saber que decir.

— Entonces y no te lo tomes a mal—dije con cuidado—, ¿Si no hay ninguna prueba de que exista ese supuesto santuario o vaya a venir algún barco de rescate, porqué tienes esperanzas?

Sandra me miró con gesto cansado. La Sandra de meses atrás seguramente ya me habría bufado algún exabrupto, pero la persona que tenía ahora delante, quizás por la neumonía o por el cansancio mental, no hizo más que mover levemente la cabeza. Seguir leyendo…

La evacuación

En el húmedo interior de la cocina de aquella vivienda, donde habíamos pernoctado, nos sentamos alrededor de la mesa redonda. El mantel de hule que la envolvía me recordó al que solía poner mi madre, allá en su pisito de Carabanchel, cuando comíamos o cenábamos.  Aquel recuerdo me dio una punzada en el corazón.

Sandra se había quitado el anorak que llevaba y lo puso detrás de la silla donde se sentó lentamente. Sara intentó hacer algo de café pero se nos había acabado la provisión que llevábamos y tuvimos que conformarnos con un simple té. Estábamos impacientes por oír lo que Sandra tenía que decir sobre aquella oportunidad de volver a la civilización. En mi mente se empezaron a formar, como siempre, las hipótesis más diversas. Así que preferí centrarme e intentar no hacer volar mi imaginación. Era mejor no perder la concentración en estas cosas, ya que la realidad solía ser peor que lo que uno podía imaginar. Seguir leyendo…

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